Las investigaciones en vehículos autónomos se han centrado principalmente en soluciones técnicas sin considerar aspectos “intangibles” como la percepción de seguridad, que podrían ser perjudiciales para la aceptación de esta tecnología y, por tanto, el éxito de estos vehículos en el mercado. Una forma de mejorar la experiencia del usuario es el desarrollo de vehículos empáticos: que “comprendan” cómo se siente el pasajero, con altos niveles de automatización y capaces de responder a esos sentimientos teniendo en cuenta el entorno y el contexto.

El proyecto SUaaVE (Supporting acceptance of automated VEhicle), financiado por el Programa de Investigación e Innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea, tiene entre sus objetivos dotar a los vehículos de una inteligencia artificial centrada en el ser humano para humanizar las acciones del coche autónomo, al comprender las emociones de los pasajeros y poder gestionar acciones correctivas para mejorar la experiencia de viaje.

El Instituto de Biomecánica (IBV) -que lidera el SUaaVE– ha llevado a cabo un gran avance científico, al desarrollar un sistema capaz de estimar, en tiempo real, el estado mental, tanto cognitivo (concentración, pérdida de atención, estrés, etc.) como emocional de los viajeros a partir del análisis de sus señales fisiológicas. Esto permitirá adaptar, por ejemplo, el modo de conducción de los vehículos autónomos, para dar respuesta  a las necesidades del usuario, al tiempo que aumenta la confianza y, por lo tanto, la aceptación de los mismos.

Para el desarrollo de este modelo emocional capaz de entender el estado de los pasajeros, se realizaron pruebas en el HAV, un simulador de conducción dinámico y altamente inmersivo del IBV en las que los participantes vivían la experiencia viajar en modo autónomo en diferentes escenarios. Los escenarios fueron diseñados para provocar las emociones más representativas que pueden sentir los pasajeros. Las emociones seleccionadas fueron: miedo, esperanza, lástima, satisfacción, angustia, ira, alivio y alegría.

Los simuladores de conducción permiten a los investigadores reproducir situaciones de conducción del mundo real que serían demasiado arriesgadas o complicadas para recrearlas de forma fiable en la carretera o en una pista de pruebas y, sobre todo, muy difíciles de asumir a nivel de costes.

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